¡Es verdad! Soy nervioso, terriblemente nervioso. Siempre lo he sido y lo soy, pero, ¿podría decirse que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, no los había destruido ni apagado. Sobre todo, tenía el sentido del oído agudo. Oía todo sobre el cielo y la tierra. Oía muchas cosas del infierno. Entonces, ¿cómo voy a estar loco? Escuchen y observen con qué tranquilidad, con qué cordura puedo contarles toda la historia.
Me resulta imposible decir cómo surgió en mi cabeza esa idea por primera vez; pero, una vez concebida, me persiguió día y noche. No perseguía ningún fin. No había pasión. Yo quería mucho al viejo. Nunca me había hecho nada malo. nunca me había insultado. no deseaba su oro. Creo que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre. Era un ojo de un color azul pálido, con una fina película delante. Cada vez que posaba ese ojo en mí, se me enfriaba la sangre; y así, muy gradualmente, fui decidiendo quitarle la vida al viejo y quitarme así de encima ese ojo para siempre.
Pues bien, así fue. Usted creerá que estoy loco. Los locos no saben nada. Pero debería haberme visto. Debería usted haber visto con qué sabiduría procedí, con qué cuidado, con qué previsión, con qué disimulo me puse a trabajar. Nunca había sido tan amable con el viejo como la semana antes de matarlo. Y cada noche, cerca de medianoche, yo hacía girar el picaporte de su puerta y la abría, con mucho cuidado. Y después, cuando la había abierto lo suficiente para pasar la cabeza, levantaba una linterna cerrada, completamente cerrada, de modo que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Cómo se habría reído usted si hubiera visto con qué astucia pasaba la cabeza! La movía muy despacio, muy lentamente, para no molestar el sueño del viejo. Me llevaba una hora meter toda la cabeza por esa abertura hasta donde podía verlo dormir sobre su cama. ¡Ja! ¿Podría un loco actuar con tanta prudencia? Y luego, cuando mi cabeza estaba bien dentro de la habitación, abría la linterna con cautela, con mucho cuidado (porque las bisagras hacían ruido), hasta que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Hice todo esto durante siete largas noches, cada noche cerca de las doce, pero siempre encontraba el ojo cerrado y era imposible hacer el trabajo, ya que no era el viejo quien me irritaba, sino su ojo. Y cada mañana, cuando amanecía, iba sin miedo a su habitación y le hablaba resueltamente, llamándole por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Por tanto verá usted que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que cada noche, a las doce, yo iba a mirarlo mientras dormía.
La octava noche, fui más cuidadoso cuando abrí la puerta. El minutero de un reloj de pulsera se mueve más rápido de lo que se movía mi mano. Nunca antes había sentido el alcance de mi fuerza, de mi sagacidad. Casi no podía contener mis sentimientos de triunfo, al pensar que estaba abriendo la puerta poco a poco, y él ni soñaba con el secreto de mis acciones e ideas. Me reí entre dientes ante esa idea. Y tal vez me oyó porque se movió en la cama, de repente, como sobresaltado. pensará usted que retrocedí, pero no fue así. Su habitación estaba tan negra como la noche más cerrada, ya que él cerraba las persianas por miedo a que entraran ladrones; entonces, sabía que no me vería abrir la puerta y seguí empujando suavemente, suavemente.
Ya había introducido la cabeza y estaba para abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló con el cierre metálico y el viejo se incorporó en la cama, gritando:
-¿Quién anda ahí?
Me quedé quieto y no dije nada. Durante una hora entera, no moví ni un músculo y mientras tanto no oí que volviera a acostarse en la cama. Aún estaba sentado, escuchando, como había hecho yo mismo, noche tras noche, escuchando los relojes de la muerte en la pared.
Oí de pronto un quejido y supe que era el quejido del terror mortal, no era un quejido de dolor o tristeza. ¡No! Era el sonido ahogado que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Yo conocía perfectamente ese sonido. Muchas veces, justo a medianoche, cuando todo el mundo dormía, surgió de mi pecho, profundizando con su temible eco, los terrores que me enloquecían. Digo que lo conocía bien. Sabía lo que el viejo sentía y sentí lástima por él, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Sabía que él había estado despierto desde el primer débil sonido, cuando se había vuelto en la cama. Sus miedos habían crecido desde entonces. Había estado intentando imaginar que aquel ruido era inofensivo, pero no podía. Se había estado diciendo a sí mismo: “No es más que el viento en la chimenea, no es más que un ratón que camina sobre el suelo”, o “No es más que un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de convencerse de estas suposiciones, pero era en vano. Todo en vano, ya que la muerte, al acercársele se había deslizado furtiva y envolvía a su víctima. Y era la fúnebre influencia de aquella imperceptible sombra la que le movía a sentir, aunque no veía ni oía, a sentir la presencia dentro de la habitación.
Cuando hube esperado mucho tiempo, muy pacientemente, sin oír que se acostara, decidí abrir un poco, muy poco, una ranura en la linterna. Entonces la abrí -no sabe usted con qué suavidad- hasta que, por fin, su solo rayo, como el hilo de una telaraña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo del buitre.
Estaba abierto, bien abierto y me enfurecí mientras lo miraba, lo veía con total claridad, de un azul apagado, con aquella terrible película que me helaba el alma. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo, ya que había dirigido el rayo, como por instinto, exactamente al punto maldito.
¿No le he dicho que lo que usted cree locura es solo mayor agudeza de los sentidos? Luego llegó a mis oídos un suave, triste y rápido sonido como el que hace un reloj cuando está envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latido del corazón del viejo. Aumentó mi furia, como el redoblar de un tambor estimula al soldado en batalla.
Sin embargo, incluso en ese momento me contuve y seguí callado. Apenas respiraba. Mantuve la linterna inmóvil. Intenté mantener con toda firmeza la luz sobre el ojo. Mientras tanto, el infernal latido del corazón iba en aumento. Crecía cada vez más rápido y más fuerte a cada instante. El terror del viejo debe haber sido espantoso. Era cada vez más fuerte, más fuerte… ¿Me entiende? Le he dicho que soy nervioso y así es. Pues bien, en la hora muerta de la noche, entre el atroz silencio de la antigua casa, un ruido tan extraño me excitaba con un terror incontrolable. Sin embargo, por unos minutos más me contuve y me quedé quieto. Pero el latido era cada vez más fuerte, más fuerte. Creí que aquel corazón iba a explotar. Y se apoderó de mí una nueva ansiedad: ¡Los vecinos podrían escuchar el latido del corazón! ¡Al viejo le había llegado la hora! Con un fuerte grito, abrí la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez, sólo una vez. En un momento, lo tiré al suelo y arrojé la pesada cama sobre él. Después sonreí alegremente al ver que el hecho estaba consumado. Pero, durante muchos minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Sin embargo, no me preocupaba, porque el latido no podría oírse a través de la pared. Finalmente, cesó. El viejo estaba muerto. Quité la cama y examiné el cuerpo. Sí, estaba duro, duro como una piedra. Pasé mi mano sobre el corazón y allí la dejé durante unos minutos. No había pulsaciones. Estaba muerto. Su ojo ya no me preocuparía más.
Si aún me cree usted loco, no pensará lo mismo cuando describa las sabias precauciones que tomé para esconder el cadáver. La noche avanzaba y trabajé con rapidez, pero en silencio. En primer lugar descuarticé el cadáver. le corté la cabeza, los brazos y las piernas. Después levanté tres planchas del suelo de la habitación y deposité los restos en el hueco. Luego coloqué las tablas con tanta inteligencia y astucia que ningún ojo humano, ni siquiera el suyo, podría haber detectado nada extraño. No había nada que limpiar; no había manchas de ningún tipo, ni siquiera de sangre. Había sido demasiado precavido para eso. Todo estaba recogido. ¡Ja, ja!
Cuando terminé con estas tareas, eran las cuatro… Todavía oscuro como medianoche. Al sonar la campanada de la hora, golpearon la puerta de la calle. Bajé a abrir muy tranquilo, ya que no había anda que temer. Entraron tres hombres que se presentaron, muy cordialmente, como oficiales de la policía. Un vecino había oído un grito durante la noche, por lo cual había sospechas de algún atentado. Se había hecho una denuncia en la policía, y ellos, los oficiales, habían sido enviados a registrar el lugar. Sonreí, ya que no había nada que temer. Di la bienvenida a los caballeros. Dije que el alarido había sido producido por mí durante un sueño. Dije que el viejo estaba fuera, en el campo. Llevé a los visitantes por toda la casa. Les dije que registraran bien. Por fin los llevé a su habitación, les enseñé sus tesoros, seguros e intactos. En el entusiasmo de mi confianza, llevé sillas al cuarto y les dije que descansaran allí mientras yo, con la salvaje audacia que me daba mi triunfo perfecto, colocaba mi silla sobre el mismo lugar donde reposaba el cadáver de la víctima.
Los oficiales se mostraron satisfechos. Mi forma de proceder los había convencido. Yo me sentía especialmente cómodo. Se sentaron y hablaron de cosas comunes mientras yo les contestaba muy animado. Pero, de repente, empecé a sentir que me ponía pálido y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza y me pareció oír un sonido; pero se quedaron sentados y siguieron conversando. El ruido se hizo más claro, cada vez más claro. Hablé más como para olvidarme de esa sensación; pero cada vez se hacía más claro… hasta que por fin me di cuenta de que el ruido no estaba en mis oídos.
Sin duda, me había puesto muy pálido, pero hablé con más fluidez y en voz más alta. Sin embargo, el ruido aumentaba. ¿Qué hacer? Era un sonido bajo, sordo, rápido… como el sonido de un reloj de pulsera envuelto en algodón. traté de recuperar el aliento… pero los oficiales no lo oyeron. Hablé más rápido, con más vehemencia, pero el ruido seguía aumentando. Me puse de pie y empecé a discutir sobre cosas insignificantes en voz muy alta y con violentos gestos; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Caminé de un lado a otro con pasos fuerte, como furioso por las observaciones de aquellos hombres; pero el sonido seguía creciendo. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Me salía espuma de la rabia… maldije… juré balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del suelo, pero el ruido aumentaba su tono cada vez más. Crecía y crecía y era cada vez más fuerte. Y sin embargo los hombres seguían conversando tranquilamente y sonreían. ¿Era posible que no oyeran? ¡Dios Todopoderoso! ¡No, no! ¡Claro que oían! ¡Y sospechaban! ¡Lo sabían! ¡Se estaban burlando de mi horror! Esto es lo que pasaba y así lo pienso ahora. Todo era preferible a esta agonía. Cualquier cosa era más soportable que este espanto. ¡Ya no aguantaba más esas hipócritas sonrisas! Sentía que debía gritar o morir. Y entonces, otra vez, escuchen… ¡más fuerte…, mas fuerte…, más fuerte!
-¡No finjan más, malvados! -grité- . ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esas tablas!… ¡Aquí…, aquí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!
-Intenta razonar, no es tan difícil.
-Lo sé, pero por mucho que razone no puedo querer a este mono como si fuese mi hermano.
-Joh, ¿Por qué no? Mírale, si le he vestido de personita y todo, no me digas que no está mono.
- ¿Cómo puede un mono no estar mono?
-¿Y si le meto en este carrito de bebé?
- Mi hermano tiene 9 años, no creo que le gustase que le metiésemos en un carrito de bebé. Además, este mono tiene pulgas y huele mal.
- Ah, ¿y tu hermano no?
-Bueno… sí, pero no tan exageradamente.
-Meh, eres un quejica, y un aguafiestas.
-De acuerdo, pero… ¿ahora podré ver a mi hermano? mis padres están preocupados, incluso creo que llamaron a la policía.
-Vaya, vale, de acuerdo, pero… ¡¡¡¡Dale un besito al mono!!!!
- Está bien. ¬¬
Mama, take this badge off of me
I can’t use it anymore
It’s gettin’ dark, too dark for me to see
I feel like I’m knockin’ on heavens door
Knock Knock Knockin’ on heaven’s door
Knock Knock Knockin’ on heaven’s door
Knock Knock Knockin’ on heaven’s door
Knock Knock Knockin’ on heaven’s door
Mama put my guns in the ground
I can´t shoot them anymore
That long back cloud is coming down
I feel like I’m knockin’ on heaven’s door
Knock Knock Knockin’ on heaven’s door
Knock Knock Knockin’ on heaven’s door
Knock Knock Knockin’ on heaven’s door
Knock Knock Knockin’ on heaven’s door
Sí, después de varios meses planteándome presentarme o no a algún concurso literario he decidido que lo voy a hacer.
No hay nada que perder y mucho que ganar.
Shadow_Of_Reality
En la lucha entre el bien y el mal nunca se dijo que tuviese que haber un vencedor.
Me parece el igual de un dios, el hombre
que frente a ti se sienta, y tan de cerca
te escucha absorto hablarle con dulzura
y reirte con amor.
Eso, no miento, no, me sobresalta
dentro del pecho el corazón; pues cuando
te miro un solo instante, ya no puedo
decir ni una sola palabra,
la lengua se me hiela, y un sutil
fuego no tarda en recorrer mi piel,
mis ojos no ven nada, y el oído
me zumba, y un sudor
frío me cubre, y un temblor me agita
todo el cuerpo, y estoy, más que la hierba,
pálida, y siento que me falta poco
para quedarme muerta.
El lago se mantenía en un profundo silencio, únicamente interrumpido por la gran cascada que en un extremo sacudía las aguas.
Andaba por esos bosques, ingenuo de mi, con la mirada cabizbaja y algo despreocupado. Admitiré que mi única pasión es el agua, tan “bestial” y profunda a la vez, tan incomprensible. Desearía hundirme para siempre en este magnífico fluído.
La gran cascada Ferrum parecía esperarme, nos conocíamos ya muy bien, y como cada día me acomodé a sus pies en una pequeña plataforma de piedra, tan cerca como para sentirla pero sin llegar a mojarme. Saqué mi cuaderno de notas y escritos con el que cada día me desahogaba y comencé a dejarme invader por esa sensación de relax.
Me poseyó aquel lugar, como solía hacer, mientras mi mano independiente escribia cosas incomprensibles a las que más tarde daría sentido.
Noté una presencia al lado mía y abrí mis ojos encontrándome en un lugar oscuro. Seguro de mí mismo avancé tranquilo hasta la voz que me llamaba en susurros.
Sí, allí estaba ella. Aquella de la que tanto había escrito y dibujado sin saber, aquella que me poseía día tras día en aquel manantial, aquella cuya belleza me había llevado a la locura. Sonreí sintiéndome al momento imbécil, qué se le va a hacer…
Alzó su firme mano hasta mi camisa de seda, cuanta délicadeza había en aquella escena. Me senté al lado suya acariciando con mi mano su blanquecino rostro. Parecía triste.
Le pregunté su nombre varias veces y ella sólo me contestó con un par de lágrimas frías como el cristal.
Al fin se levantó y pude comprobar su vestimenta. Al momento pensé que un traje de boda no era muy adecuado para ir a un lago. Ya no estaba en mi lugar de relax.
Empezó a caminar con sus pies descalzos, mientras a cada paso una lágrima le caía sobre el rostro.
Llegó al final de aquel túnel donde nos encontrábamos y señaló hacia arriba con la mano. Me acerqué con algo de temor y miré arriba. Grité tanto que parecía que mis cuerdas vocales iban a estallar. Un cuerpo inmóvil, vestido con un elegante traje se pudría en las afueras del conducto.
La chica siguió llorando silenciosamente mientras yo desesperado no sabía como actuar.
Una voz me habló por la espalda, y un señor algo mayor se dejó ver.
- Has descubierto la enorme masacre que ocurrió aquí. Acababan de casarse y fueron a este lago a hacerse las fotos de la boda, alguien disparó, aquel hombre no tenía muy buenas relaciones a decir verdad, murió casi al instante pero ella dijo que no se separaría de su lado hasta que él despertase.- Dijo el hombre sin resentirse.
- Perdone, ¿insinúa que están muertos?
- Por supuesto, ¿no puedes ver nuestra asombrosa palidez? ¿Y nuestros susurros en lugar de voces?
-Entonces… ¿yo que hago aquí?, es decir, ¿estoy muerto?- Dije conteniendo las lágrimas al pensar en aquella posibilidad.
-No hombre, por supuesto que no, tan sólo que ella lleva buscando una ayuda desde hace décadas, y parece que has sido el único con una intuición tan grande como para sentirla.
-Valla, ¿y por qué el novio no está presente aquí en forma de espíritu?
-Eso es lo que queremos saber, por eso estás tú aquí, ayúdanos por favor.
- ¿Y usted qué pinta en todo esto?
-Bien, cuando un padre pierde a su hija enloquece y acaba haciendo cosas horribles.- Contestó mientras me enseñaba sus muñecas con una herida tan profunda en cada una que no había cicatrizado.- No me iré de aquí hasta que mi hija descanse en paz.
-Lo entiendo, ¿y cúal es mi cometido?
- Muchas gracias ante todo, ve a ver a esta vidente.- Me sorprendió dándome una tarjeta.- Háblale de nosotros, se ha puesto encontacto muchas veces con mi hija y conmigo y nos conoce.
- De acuerdo, trataré de ir ahora mismo.
-Mucha suerte hijo, adiós.Σ
Me puse en ese momento bajo un haz de luz que me condujo otra vez hasta la cascada y corrí por el sendero del bosque hasta que llegué al pueblo.
Divisé la tienda de aquella mujer y pasé algo asustado. Me atiendió en seguioda, ya que no tenía a nadie delante. Cuando le conté toda la historia me miró algo incrédula.
-No vuelvas a ponerte en contacto con esos seres.- Fue todo lo que me dijo.
Más tarde comprendí aquellas palabras…
[CONTINUARÁ]
Σηαδοω_Οφ_Ρεαλιτι
De los Placeres sin pecar,
el más dulce es el cagar,
con un periódico extendido
y un cigarrillo encendido
queda el culo complacido
y la mierda en su lugar.
Cagar es un placer;
de cagar nadie se escapa
caga el rey, caga el papa
caga el buey, caga la vaca,
y hasta la señorita más guapa
hace sus bolitas de caca.
Viene el perro y lo huele,
viene el gato y lo tapa.
Total, en este mundo de caca
de cagar nadie se escapa.
Que triste es amar sin ser amado,
pero más triste es cagar sin haber almorzado.
Hay cacas blancas por hepatitis,
las hay blandas por gastritis
cualquiera que sea la causa
que siempre te alcanza
aprieta las piernas duro
que cuando el trozo es seguro
aunque este bien fruncido el culo
será por lo menos, PEDO SEGURO!!!!!
No hay placer más exquisito,
que cagar bien despacito.
El baño no es tobogán
ni tampoco subibaja.
El baño es para cagar
y no pa’ hacerse la paja.
Los escritores de baño
son poetas de ocasión
que buscan entre la mierda
su fuente de inspiración.
Vosotros que os creéis
sagaces y de todo os reís,
decidme si sois capaz
de cagar y no hacer pis.
En este lugar sagrado,
donde tanta gente acude,
la chica se pasa el dedo
y el tipo se lo sacude.
Caga tranquilo,
caga sin pena,
pero no se te olvide
tirar la cadena.
El tipo que aquí se sienta
y escribir versos se acuerda,
no me vengan a decir
que no es un poeta de mierda!.
En este lugar sagrado
donde acude tanta gente
hace fuerza el mas cobarde
y se caga el mas valiente.
Ni la mierda es pintura
ni los dedos son pinceles
por favor, pendejo
límpiense con papeles!.
Para ti que siempre
estás en el baño:
Caguen tranquilos,
caguen contentos,
pero por favor,
caguen adentro!.
Hoy aquí yacen los restos
de este olímpico sorete
que lucha de forma estoica!
para salir del ojete.
Estoy sentado en cuclillas
en este maldito hoyo…
quien fue el hijo de mil putas
que se terminó el rollo!!!
Jajaja, esta entrada la hago en Griego para que os lo curreis un poco.
Sí, adoro la cultura clásica.
Παρα τι, μι βιδα, μι ετερνο ρεσπλανδορ, μισ παλαβρασ δε αλιεητο, μι λυζ, μι εσπερανζα.
τυ, μι κιελο, μι υιδα, τοδο.
Καρλοσ υ Μαρινα
Γυντοσ σιεμπρε.
Lo sé, es una cutrada, pero… ¡Al menos me sé más o menos el alfabeto griego en minúsculas!
Sí Sheila, ya puedes matarme.
Μαρινα
Tania- Marina, anda, no me dejes viendo pelucas sola.
Alfon- Ala fíjate, tú vas con la camiseta negra y el pantalón blanco y yo con la camiseta blanca y el pantalón negro. ¡¡¡¡Somos una película antigua!!!!!
(Mientras abrazo a Carlos y le canto la canción esta del conejo y la zanahoria, ¡qué mono!)
Carlos- ¡Dios! ¿Por qué tienes que cantar esa canción?
Yo- Jo cielo es que eres tan mono como la zanahoria.
Carlos- ¿Tengo cara de zanahoria?
Lo recuerdo perfectamente. El viento movía mi cabello y la luna jugaba al escondite conmigo. Escuché un lejano ruido, al que no dí casi ninguna importancia. Nada me podría prevenir de lo que en esos momentos ocurría a tan sólo unos metros de donde me hallaba.
Se que resulta raro creer lo que me dispongo a contar, pero al fin y al cabo os aseguro que pasó, podéis fiaros de mi palabra, ahora sagrada por supuesto.
Sigamos con el meoyo de todo esto.
Andaba desprotegida, con el alma desgarrada, lo que me había pasado jamás lo podré superar, lloraba por dentro, quería en el fondo escapar de allí. Una sombra lejana se acercaba muy lentamente y yo algo asustada me hice a un lado del camino. Según se acercó a mi pude comprobar que era un perro, gigante a decir verdad. Nunca había visto nada igual y sin quererlo mi cuerpo tembló. El perro se acercó a olerme, yo lo intenté evitar pero fue demasiado tarde y un aullido dejó escapar haciendo ver por primera vez en la noche, una oculta luna.
Se acercó a un más a mí, ahora gruñía y si apenas darme cuenta, de un salto me tiró al suelo.
Dios sabe las veces que maldije mientras me reventaba la cabeza de dolor. Pero ahí no acabó todo, mordiéndome la pierna, hasta llegar al hueso el perro tiró de mí hasta el oscuro bosque que se cernía sobre el camino. El bosque al que todos temíamos, al que los valientes se adentraban en busca de ganar una apuesta… Jamás lo había pisado.
Intenté engancharme en la firme tierra con mis uñas de porcelana, lo único que logré fue arrancarme las cuatro de la mano izquierda. Ahora lloraba de dolor. El perro gigante me estampó contra un árbol, por fin me había soltado la pierna, y con los ojos envueltos en lágrimas me dispuse a huir.
No me dió tiempo ya que, una trampilla se abrió a mis pies, haciéndome caer por un largo y escurridizo tobogán. Me desplomé en el suelo, donde mi cadera se hizo polvo. Oí algo que no pude ver por la falta de luz de aquella sala, unos cuchicheos agudos, y al parecer felices con mi situación, algo me rozó la ensangrentada mano, me hacía cosquillar hasta que empezó a absorverme los dedos.
Una luz se encendió y pude ver que eran animalillos pequeños y peludos, parecidos a osos hormigueros, cuatro exactamente, cuatro trompas que absorvían mi sangre al igual que sanguijuelas.
Una voz infantil masculina dijo algo que no pude entender pero en el momento aquellos seres me soltaron, y por la esquina contraria donde me hallaba un enano cruzó la pared, seguido de algo parecido a un enjambre de hadas.
-Los Knox ya se han divertido bastante contigo, ahora nos toca a nosotros.- Dijo con ese tono infantilón que emanaba de sus cuerdas vocales.
Se acercaron primero las hadas, con unas diminutas lanzas que clavaron por todo mi dolorido cuerpo, disfrutando de mi sufrimiento.
-¡Basta!- Intenté decir, pero lo único que articulé fue un gruñido reseco.
Me iba a desmayar de un momento a otro y de repente las hadas pararon, dando lugar a que el enano se me acercara. Sacó de la nada un cuchillo rudimentario, seguramente fabricado por ellos y sin darme tiempo a decir nada me lo clavó en cinco partes de mi cuerpo: La garganta, los dos lados de las costillas y en ambos riñones, produciendo como más tarde sabría un pentáculo.
Creo que en ese mismo instante morí. Sé que estuve bastante tiempo dormida, y también sé que al despertar ví lo más hermoso que había visto en mi vida, un mundo de cristal, bañado por una intensa luz plateada, donde todo parecía que estaba en su perfecta medida y donde yo supe al instante que sería feliz, aunque el pentáculo, ya bien definido puesto que el enano lo había trazado en mi torso, me acompañara el resto de mi no vida.
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