Rabelais por Francisco Arias Solis

Publicado en Julio 1st, 2008 por franciscoarias
 
FRANÇOIS RABELAIS

(h.1494-1553) “El valor del hombre equivale a su autoestima.”Françoise Rabelais.  

                                                           
LA VOZ DE UN ESCRITOR DE PRIMERA FILA

 Rabelais fue un erudito apasionado por el griego que dio muestra de un conocimiento enciclopédico, un talante jovial desmesurado y abierto al gozo de la vida y un estilo de exuberancia verbal sin retórica ni preocupaciones estéticas, entusiasta, fantástico y pleno de un naturalismo jovial que convierte a Gargantúa y Pantagruel  en una de las obras más geniales de la literatura de todos los tiempos. Particular interés tienen sus ideas acerca de la reforma de la educación, que debía según él, estar basada en el conocimiento de la cultura griega, latina, musulmana y hebrea, en la naturaleza, en la ciencia, en la tolerancia y en la alegría de vivir.  

Se cree que Francisco Rabelais nació en La Divinière en 1494, en la finca de su padre, abogado en Chinon,  y que murió en París, el 9 d e abril de 1553, sin que acerca de lo primero, y aun de lo segundo, exista completa seguridad y, por lo tanto, unanimidad de pareceres. Siendo fraile franciscano, estudió literatura clásica y francesa, ciencias e idiomas, entre ellos el griego, cuyo aprendizaje prohibió en 1523 la Sorbona por temor a la extensión del eramismo. Buscando un clima más tolerante, consiguió pasar en 1524  a la orden benedictina, recorriendo diversas ciudades,  tales como,  Burdeos, Tolosa, Orleans, París. En 1525 se secularizó y continuó los viajes. En 1530 estudió medicina en Montpellier y posteriormente la ejerció en Lyon. Allí publicó con el seudónimo de “Alcofibras Nasier”, anagrama de su nombre, Los horribles y espantosos hechos y proezas del muy renombrado Pantagruel, rey de los dipsodas, hijo del gran gigante Gargantúa (1532). Alcanzó gran fama como médico. Ello le valió la protección del cardenal Du Bellay, que lo llevó consigo a Roma en sucesiva ocasiones desde 1534. El éxito que alcanzó con su anterior obra le animó a escribir, La inestimable vida del gran Gargantúa, padre de  Pantagruel (1534). Censurada sus obras por la facultad de filosofía de la Sorbona, Rabelais tuvo que apoyarse en diversos protectores, abandonando ocasionalmente Francia, por Roma, Piamonte o Metz, donde continuó con la práctica de la medicina (se había doctorado en 1537), pero siguió publicando nuevos volúmenes de lo que, en conjunto, se conoce como Gargantúa y Pantagruel: Tercer libro de los hechos y dichos heroicos  del buen Pantagruel  (1546), un Cuarto libro… (1548-1552) y La isla sonante, publicada póstumamente e incluida en un Quinto libro… (1564) no atribuido al autor, que pasaría sus últimos días de párroco de Meudon. En estas narraciones de la vida y aventuras de tres generaciones de gigantes, realizó una aguda crítica de las debilidades humanas, incluyendo en ella a papas, emperadores, políticos, órdenes monásticas y la misma universidad de París.  En el primer libro aprovecha para criticar los métodos de educación y la guerra. El libro termina con la descripción de Thélème, cuyo lema es “haz lo que quieras”, frase que resume la filosofía de Rabelais, cercana al concepto de disfrute de la vida, propio del Renacimiento. En los dos últimos libros desaparece la historia de los gigantes y destaca, por el contrario el personaje de Panurge, amigo de Pantagruel, cuya astucia recuerda a Patelín o al Roman de la Rose. Panurge recorre el mundo en busca del Oráculo de la Diosa Botella. Cuando la encuentra, ésta le  dice: “Bebed”, frase que se interpreta como el ansia de conocimiento propio del humanista. Entre su producción menos conocida destacan algunos libros de erudición, como la traducción de los Aforismos, de Hipócrates (1532), un Almanaque para 1533 y la Pronosticación pantagruelina (1534).

 

Es éste uno de los autores que no se juzgan fácil. Voltaire le llamó bufón genial, porque se puede ser genial y no tener el sentimiento del propio decoro, del cual precisamente suelen carecer los bufones, y con ello contribuyen a suscitar la risa. Algunos hacen del libro de Rabelais “su único libro”, el que hay que leer constantemente para sacarle todo el meollo que contiene.

 

Dejemos a ciertos eruditos que se hundan en “aquella enciclopedia de toda la ciencia, la locura, la audacia y la obscenidad de tales tiempos”  para limitarnos a decir que Rabelais se sirvió de esta última y de las más descabelladas ficciones para ir demostrando su saber, su erudición, para ir filtrando ideas de reforma religiosa y de todas las clases, al paso que llamaba la atención de todos, realizando el negocio de que sus libros se vendieron enormemente, mejor que los de ningún otro autor.

 

Prescindiendo de lo que digan ciertos admiradores excesivos: de aquella historia de gigantes tan descomunal  como ellos y llenas de alusiones satíricas a personajes de la época y digresiones filosóficas más o menos abstrusas; de aquel “très horrifique” y “grand” Gargantúa, padre del “heroico” y “buen” Pantagruel, en lo que todos están conformes es que lo que, principalmente, ha quedado, es el mismo Rabelais: un escritor de los de primera fila, aunque no un tan gran genio excepcional, uno de los creadores de la lengua francesa, sean los que fueren los defectos y buenas cualidades que tenga. Y como dijo el gran humanista francés: “Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma”.

 

Francisco Arias Solis
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Leopardi por Arias Solis Francisco

Publicado en Junio 29th, 2008 por franciscoarias

 

GIACOMO LEOPARDI 
(1789-1837)

 “Para siempre reposa;basta de palpitar. No existe cosadigna de tus latidos; ni la tierraun suspiro merece: afán y tedioes la vida, no más, y fango el mundo.”

Giacomo Leopardi.

  

LA VOZ HARTO SEDIENTA DE AMOR

 Leopardi es uno de los mayores y más célebres poetas del siglo XIX. Los que todo quieren explicarlo con precisión matemática en nombre de una Ciencia de las que ellos mismos se proclaman únicos e indiscutibles representantes, han cogido por su cuenta al pobre Leopardi, declarándole degenerado y aun loco, porque a sus teorías convenía que por tales pasaran todos los genios.  Se ha dicho también, con harta ligereza, que Leopardi acabó con el clasicismo y afirmó el triunfo del romanticismo pero concediendo que tal hiciera y no fuese, como realmente fue, un independiente, se ve a cada paso que, si es romántico, lo es en el fondo, aunque  en la forma nadie posea tan bien como él la pura esencia de lo clásico, que no consiste en academizar la poesía, sino en saberle dar la ingenua libertad de la vida antigua.

           

Leopardi es triste, es pesimista, no siempre porque su malísima salud, su constitución débil de neurótico y giboso, le inclinen naturalmente a ello, sino porque su naturaleza es harto fina, harto sedienta de amor, de felicidad y de belleza, para que en el obligado roce con las impurezas de la realidad no padezca horriblemente.  Leopardi fue gran poeta y gran prosista. No fue uno de esos autores fecundísimos que aciertan sólo de vez en cuando: todas sus poesías caben en un breve volumen, pero casi todas son famosas. En prosa, le basta escribir unos sencillos Diálogos al estilo de Luciano, o el Elogio de los pájaros, o El cántico del gallo silvestre, por ejemplo, para demostrar que sigue siendo un maestro.  Giacomo Leopardi nació en Recanati el 29 de junio de 1798 y falleció en Nápoles el 14 de junio de 1837, a los treinta y nueve años de edad, aceptando la muerte como un bien, según su propia inclinación y los consejos de un amigo íntimo el escritor Pietro Giordani, ya viejo entonces, y siempre fervorísimo admirador suyo, hasta ser, después, uno de sus editores. Hijo del conde Monaldo, Leopardi fue educado en su propia casa por un jesuita mexicano, el Padre José Torres, y por un maestro italiano, teniendo a su disposición una buena biblioteca que poseía el conde y franqueaba con gusto a su familia y amigos, muy pronto, a los catorce años de edad, dijeron ya sus maestros que nada más podían enseñarle: todo lo sabía a la perfección. Entre otras cosas habían hecho de él un buen latinista, pero su precocísimo talento quiso ir más allá y, sin maestro alguno, aprendió solo el griego, y en plena adolescencia maravilló a cuantos le conocieron, manifestándose consumado helenista y perfecto filólogo. Sin duda que al abuso en el estudio en tan temprana edad, a lo delicado de su constitución, a la hiperestesia  de su sensibilidad y a la tristeza y monotonía del medio en que fue desarrollándose, siempre pegado al estudio, es de suponer que fueran debidos el persistente mal estado de su salud, la desviación dorsal que padeció, el cansancio de su vista y de su cuerpo todo  y aquella melancolía y pesimismo desesperado que fueron el tormento de su vida, al propio tiempo que el más visible y característico sello de su poesía. Leopardi vivió en Milán, Bolonia, Florencia y Pisa, ciudades en las que entró en contacto con los principales círculos literarios de la época.  Su obra refleja pesimismo, melancolía y escepticismo, contenidos, sin embargo, por el pudor y un estilo expresivo de corte clásico. Supo analizar la pasión desgarrada y las sensaciones más recónditas del individuo y convertirlas en universales. Auténtico polígrafo, escribió tratados eruditos, crítica literaria, realizó traducciones y destacó, sobre todo, por sus composiciones poéticas, que le han merecido ser considerado uno de los máximos representantes de la lírica italiana. Sus Opúsculos morales (1827) recogen una serie de poemas meditativos, de excepcional musicalidad y nítida expresión, a través de los cuales analiza los grandes problemas que se le plantean al ser humano. Leopardi fue un impecable artista de la forma como demuestran sus más célebres y logradas composiciones, recopiladas en Cantos, y publicadas escalonadamente en 1831, 1835 y póstumamente en 1845. Entre sus principales poemas se incluyen: A Italia, Al pie del monumento de Dante, El Risorgimento, A  Silvia, Recuerdos, El gorrión solitario, La calma después de la tempestad, El sábado del pueblo, Canto nocturno de un pastor errante de Asia, así como las cinco poesías producto del desafortunado amor por Fanny Targioni Tozzetti (El pensamiento dominante, Amor y muerte, Consalvo, A sí mismo y Aspasia) y sus últimas poesías, La retama, sobre el poder destructor de la naturaleza, y El ocaso de la luna. Fue autor además de Zibaldone (su diario de 1817 a 1832) y de un importante Epistolario (1849) póstumo. Y como dijo el gran poeta italiano: “Hermanos a la vez creó la suerte / al amor y a la muerte. / Otras cosas tan bellas / en el mundo no habrá ni en las estrellas”.  

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Nicolas Boileau por Francisco Arias Solis

Publicado en Junio 27th, 2008 por franciscoarias

NICOLAS BOILEAU(1636-1711) “Nada es más bello que la verdad, sólo la verdad es digna de ser amada.”

Nicolas Boileau.

 LA VOZ DEL LEGISLADOR POETICO  Los cuatros mayores clásicos del famoso siglo de Luis XIV que ningún francés olvida, son Molière, Racine, La Fontaine, Boileau. El último convirtióse en el legislador poético de su época y se impuso como árbitro del buen gusto. Desde los escritos de Descartes y de Pascal, desde las enseñanzas de la Academia Francesa y de los sabios literarios de Port-Royal, podía decirse que el arte de escribir en prosa quedaba ya fijado; mas no así por lo que respecta al de escribir en verso. Mucho había aún que hacer después de Malherbe, y de ello se encargó Boileau, entre las protestas de unos en contra y la aprobación ferviente de otros. Los que nunca se opusieron a Boileau fueron los grandes maestros, Molière, Racine, La Fontaine, que no le temían, y comprendieron que aquel hombre era la personificación del sentido común, del gusto y del deber de disciplina, en aquel país y en aquella época. Su papel ha sido excepcionalmente importante en historia literaria de Europa, ya que expresaba mejor que nadie el ideal poético de la época clásica, ideal que se ha convertido en símbolo, así para los partidarios del mismo como para sus detractores.  Comenzó Boileau por distinguirse en el manejo de la sátira y de la epístola moral. En cuál de estos de estos géneros sobresalió más es cosa discutible: pero siempre suele verse ante todo en el satírico. Vino después el Arte Poética, cuyos preceptos no fueron hijos del capricho de un hombre, sino de la madura reflexión y discusión de cuatro amigos que se llamaban Racine y La Fontaine, Moliére y Boileau, quienes tenían sus reuniones en un cuarto que alquilaron para ello. Es imposible averiguar quién aportó allí más ideas para la formación del código del buen gusto que sólo Boileau había de escribir. Su firmeza de carácter, su severidad de juicio, su intransigente opinión de que sólo en los antiguos se hallaba la cumbre de la belleza, y de que había que combatir sin piedad a los malos autores de la época, hacían de él el crítico-poeta que se necesitaba para propagar la mejor literatura dela época, literatura que estaban produciendo sus amigos. A ella se sumó él mismo con la publicación de su obra Le lutrin (El atril), poema cómico en que se emplean los procedimientos de los heroicos y del cual se ha afirmado que “en él hay talento, riqueza de color en la pintura y armonía del lenguaje”. He aquí un Boileau muy distinto del maestro impertinente y pasado de moda que muchos ven únicamente. Estoy  muy de acuerdo con aquel verso suyo que dice, contradiciendo a muchos de nuestros autores de ahora: “Nada es más bello que la verdad, sólo la verdad es digna de ser amada”.  Nicolás Boileau nace en París 1 de noviembre de 1636 y muere en la misma ciudad el 13 de marzo de 1711. Tras estudiar derecho y teología y ejercer como abogado, a partir de 1657 se dedica de lleno a la literatura. En 1677 Luis XIV le nombra,  junto con Racine, historiógrafo de la corte. En 1684 ingresa en la Academia francesa, desde la cual defiende la postura de los “antiguos” en la famosa polémica entre anciens  et modernes.  Entre sus obras destacan las Sátiras (1666); valioso documento sobre la vida y costumbres de la época, en las nueve primeras imita a Horacio  y en las restantes a Juvenal, las Epístolas (1674-1694), con las que confirmó sus dotes de polemista; la epopeya satírico burlesca en seis cantos El atril (1674-1683), y el Arte poética (1674), en la que presenta su doctrina sobre la creación literaria, y que fue considerado el principal manifiesto teórico del neoclasicismo. Por su mordacidad temible, su extraordinaria cultura y su buen gusto, no exento de rigor, ejerció una influencia considerable en toda la literatura europea de su época.  Y como nos dejó dicho el gran poeta francés: “Haceos con amigos dispuestos a censuraros”.  

Francisco Arias Solis
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La peor paz es mejor que la mejor guerra.

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Molière por Francisco Arias Solis

Publicado en Junio 21st, 2008 por franciscoarias
MOLIÈRE

(1622-1673) 

“La muerte es el remedio de todos los males,

 pero no debemos echar mano de éste hasta última hora.”

Molière.  

LA VOZ DEL PADRE DE LA COMEDIA FRANCESA

 

Los cuatro mayores clásicos del famoso siglo de Luis XIV que ningún francés olvida, son Molière, Racine, La Fontaine y Boileau. Para hablar de Molière, seudónimo de Jean-Baptiste Poquelin, todos los elogios son  pálidos ante la verdadera adoración que representan los de los críticos franceses, y aun de otros países. No es raro leer que es el más excepcional genio que ha existido, y que sólo él ha realizado el ideal de lo que debe ser la comedia, además de que fue el más profundo e ingenioso pintor del corazón humano. Es algo por el estilo de lo que ocurre en España con Cervantes y en Inglaterra con Shakespeare. Gran verdad es lo de ser profundísimo e ingenioso pintor del corazón humano; lo de finísimo e intencionado ironista, aunque alguna vez la finura se pierda; versificador de estupenda facilidad, maestría, naturalidad y corrección, no en las primeras obras, sino en otras posteriores, sobre todo en las últimas, pues en ellas los versos brotan de sus pluma, en los diálogos de varias de sus comedias, con tan poco esfuerzo visible como si fueran prosa, y mostrando con frecuencia aquel hermoso relieve de ciertas monedas muy bien acuñadas; en fin, un gran creador de tipos inolvidables por su verdad, y de situaciones cómicas que, aunque no todas estén a parecida altura, suelen distinguirse por lo graciosas e inesperadas. Muchas de las  obras  del padre de la Comedia Francesa están situadas  en la cumbre de la comedia en la literatura universal.

 

Jean-Baptiste Poquelin nació en Paris, siendo bautizado el 15 de enero de 1622. Hijo de un tapicero adscrito a la casa real. Su madre falleció cuando contaba diez años de edad. Estudió con los jesuitas de Clermont y posteriormente inició la carrera de leyes, que abandonaría para recorrer el sur de Francia con la troupe de cómicos denominada  “L’Illustre Théâtre”, junto con su amante Madeleine Béjart. A su regreso a París, en 1659, representó ante la corte, con gran éxito, una obra de Corneille y una suya, Las preciosas ridículas; bajo la protección del duque de Orleáns se instaló en la Salle du Petit-Bourbon. En 1662 Luis XIV le concedió el Théâtre du Palais-Royal, y ese mismo año contrajo matrimonio con Armande Béjart, hermana (o hija) de Madelaine. A partir de entonces su obra sería conocida y aplaudida por el público parisino. El 17 de febrero de 1673; Moliére, que interpretaba el papel del enfermo, en su última obra   El enfermo imaginario,  murió repentinamente, en la cuarta representación de la misma.

 

Entre sus piezas destacan: Las preciosas ridículas (1659), sátira de los salones “marivaudistes”, en la que los dos pedantes que aparecen en la comedia están tomados de la realidad, y dicen que uno de ellos, ya muy viejo, murió de disgusto de verse retratado de aquel modo; La escuela de las mujeres (1662), su primera gran obra, en la que critica la falta de estudios de la mujer; Tartufo (1664-1669), sátira contra la beatería e  hipocresía, cuya representación fue prohibida durante cuatro años;  Don Juan o el convidado de piedra, inspirada en la obra de Tirso de Molina, tema de moda también en la época; El misántropo (1666), en la que ridiculiza a un  hombre honesto por la forma de imponer sus principios morales; El médico a palos, inspirado en un fabliau de la Edad Media (El villano médico); El avaro (1668), tomado de Plauto, pero desfigurado, y podríamos decir afrancesado, hasta parecer obra original, es quizá la  más cómica de sus piezas; El burgués gentilhombre (1670), comedia–ballet en la que un burgués enriquecido decide adoptar las costumbres de un aristócrata; Las mujeres sabias (1672) es un nuevo ataque a la evolución de la mujer en sociedad;  y El enfermo imaginario (1673), también comedia-ballet, en la que se satiriza a la clase médica.

 

En las obras de Molière aparecen elementos de la farsa, pero los que les dio verdadero valor, haciendo de la comedia un género como la tragedia, fueron la descripción de costumbres de la época, que aparece por primera vez en el teatro, y el análisis psicológico de los personajes. Decía Moliére, en su Crítica de la escuela de las mujeres, que era más difícil escribir buenas comedias que buenas tragedias porque, en éstas, costaba menos el remontarse apoyándose en elevados sentimientos, el desafiar en verso a la suerte, el acusar al hado e injuriar a los dioses, que el ahondar, en aquellas, buenamente, en lo que de ridículo existe en los hombres, y presentar de modo agradable en el teatro los defectos de todos. Al pintar a los héroes hacéis con ello lo que queréis, pintando retratos en los que nadie ha de buscar el parecido; pero cuando lo que pintáis son hombres, es preciso hacerlo teniendo el modelo delante, y la gente exige que el retrato se le parezca, seguía diciendo.

 

Molière que tenía la manía de hablar mal de los médicos y ridiculizarlos, magistralmente, murió a los 53 años, por no hacer caso de lo que le aconsejaban los médicos, y empeñándose en declamar en escena, estando muy real y gravemente enfermo, aquel Enfermo imaginario que fue su última obra,  puede decirse que le mató, como nos había dicho en su epitafio: “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En este momento hace de muerto, y de verdad que lo hace bien”.

 

Francisco Arias Solis
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Aquel Tratado de Paz de París por Francisco Arias Solis

Publicado en Junio 20th, 2008 por franciscoarias

 

AQUEL  TRATADO DE PAZ DE PARIS

 “Mucho pensabas-en tu honory en tu vivir muy poco:llevabas trágica-tus hijos a morir, te complacías-de honras mortales, y eran tus fiestas-los funerales,¡oh triste España!”Joan Maragall. 

EL PATRIOTISMO DEL DOLOR

 

Desde la primera reunión de la Conferencia de Paz de París, la diplomacia española se vio impotente para variar un ápice la estrategia norteamericana. Después de ajustar distintas cuestiones de carácter técnico y de redactar con cuidado los dos textos -en inglés y español- que darían igualmente fe del compromiso, el Tratado de Paz pudo ser firmado el 10 de diciembre de 1898. España renunciaba a todo derecho de soberanía y propiedad sobre la isla de Cuba, cede Puerto Rico y recibe la compensación de 20 millones de dólares a cambio de la cesión de Filipinas. España perdía así los últimos restos de su imperio en la marea del reparto colonial de fines siglo XIX.

 

Aunque el regusto en la idea de la decadencia y degeneración de la raza en la agonía de la nación venía de lejos y no era privativo de España, fue a raíz del Desastre cuando las imágenes de la muerte y desolación anegaron todo tipo de escritos. Los literatos huyendo metafóricamente de la ciudad, salieron al campo y no encontraron allí más que “pueblos opacos y sórdidos” y una raza doblada por la resignación, el dolor, la sumisión, la inercia ante los hechos, la idea abrumadora de la muerte. Tal era la psicología de la raza española, según la veía Azorín en el paso de un siglo a otro. Y de la misma manera la dibujaba Baroja en el Imparcial el 14 de octubre de 1901 cuando relata su viaje a Labraz, que le habían dicho que era una ciudad agonizante y moribunda y se encontró “un pueblo terrible, un montón de casas viejísimas, amarillentas, derrengadas”, con un viejo solitario y casi mudo sentado en la desierta plaza. En lo que escribieron cuando doblaba el siglo, los literatos llamados del 98 inventaron un país moribundo, unos caminos desolados, unos pueblos desertados, una callejas sombrías, oscuridad por todas partes.

 

En el mes de octubre de 1898, cuando estaba aún caliente la derrota, escribía Joaquín Costa su libro Muerte y resurrección de España, en el que Costa ve a aquella España como un gran cadáver tendido desde los Pirineos a Calpe.

 

Fustigando la España atrasada e ignorante, nación envilecida por el sistema de recomendación y compadrazgo, Ramiro de Maeztu escribía: “Mueve mi pluma el dolor de que mi patria sea chica y esté muerta”. Y para que se vea que la imagen de la agonía de España no es cosa exclusiva de intelectuales exaltados, bastará recordar al moderado Rafael María de Labra, que confesaba en un discurso en el Congreso de los Diputados, a finales de mayo de 1898 sentir “miedo de que se apague el fuego que anima a nuestra existencia política y social”, si nos descuidamos, advirtió “se apagará”. El Nacional, órgano de Romero Robledo, contra lo que se pudiera esperar, por cuanto su inspirador defendió siempre la guerra, llegó a escribir: “Lo más triste es esta indiferencia del país ante las grandes tristezas”.

 

Pero esta abundancia de imágenes de tristeza, dolor y muerte no constituye, como a primera vista pudiera parecer, el diagnóstico de una situación, sino el punto de arranque de un metarrelato de salvación: España está muerta porque espera la resurrección. “Hemos de salvar a España, quiéralo o no”, escribía Unamuno a un amigo, dos años después de recordar en la España Moderna (noviembre de 1898) que sólo los intelectuales hablaban a cada momento de su regeneración. De lo que hablaban, pues, estos intelectuales era de que esperaba a España una gloriosa resurrección si, en efecto, se hacía lo que ellos con toda urgencia proponían.

 

El drama de España, la lucha entre la España que muere y la que nace, duele a Machado que en un hermoso poema -homenaje al libro Castilla de Azorín- nos dirá su fe en una España nueva, de cara al futuro: “Oh tú, Azorín, escucha: España quiere / surgir, brotar. toda una España empieza. / ¿Y ha de helarse en la España que se muere? / ¿Ha de ahogarse en la España que bosteza?” La imagen se repite, con cierto amargo pesimismo, que recuerda a Larra, en uno de los Proverbios y Cantares de Machado: “Ya hay un español que quiere /vivir y a vivir empieza, /entre una España que muere / y otra España que bosteza.”

 

Resurrección, regeneración, refundación, renacimiento de España: ese “patriotismo del dolor” que Ortega atribuyó a Costa con ocasión de su muerte en un artículo publicado en El Imparcial el 20 de febrero de 1911, y que se extendió como una plaga a finales de siglo, era en efecto una especie de organización del pesimismo “para que fecundara la tierra misma acongojada”. Ortega lo vio perfectamente cuando al afirmar que la tradición española era para él “un grave dolor que me atormenta”, aseguraba no conocer otro medio de “salvar España que librarme de ella”.

 

Cualquier cosa que se propusiera para la resurrección de España, escuelas, despensas, autonomía regional, descentralización, industria, ciencia o nueva política, había que exigirla en nombre del dolor íntimo provocado por su muerte, pues “dolerse de España no es otra cosa que ser Europa”.

 

El Año del Desastre revela que la razón histórica venía desde muy atrás siendo desatendida a favor de la de unos intereses institucionalizados, que arbitrariamente, se diputaran como la verdadera España. Es incuestionable que, aparte lo que pudiera significar como espectáculo, el grupo minoritario de los intelectuales ni era respetado ni admirado, ni estimado, ni apreciado sino sólo tolerado. El hombre que cultivaba desinteresadamente cualquier parcela del gran latifundio que usufructúa en las sociedades civilizadas el espíritu era en 1898, como lo es hoy, un extravagante. Y como dijo Unamuno: “Me duele España”.

 

Francisco Arias Solis
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No se debe  admitir la violencia ni siquiera contra la violencia

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Vincenzo Monti por Arias Solis Francisco

Publicado en Junio 17th, 2008 por franciscoarias

 

VINCENZO MONTI
(1754-1828)

 “¡Oh Libertad! ¡Oh de héroes madre santa,y de los hombres principal derechoque está grabado en todo noble pechoy nuestra parte superior levanta!”

Vincenzo Monti.

  

LA VOZ DESCONCERTANTE DEL ABATE MONTI

 Vincenzo Monti es un poeta clásico de los que sacan a relucir continuamente la Mitología, convirtiendo, a lo mejor, en fría y enmarañada selva de citas eruditas lo que debió ser sólo poesía brotada del alma, llanamente escrita, en buenos versos. Es esto una verdadera lástima, porque cuando quiere, cuando siente hondamente, movido por el entusiasmo o por el odio, sabe hablar alto y claro, en limpios y espontáneos versos. En realidad hay en Monti un poeta que procede de los abates eruditos de la Arcadia, y otro que surge de pronto en la plaza pública, exaltado como Alfieri, hablando recio y claro.  Resulta desconcertante ir siguiendo a Monti, porque lo mismo que combate hoy es lo que defiende mañana, como le ocurre con el Papa, con Napoleón, con toda la vida italiana de su tiempo. Hay algo de veleta en él, al girar rápidamente según de donde sopla el viento, y siempre en provecho propio, con resultados que se traducían en apoyo por parte de los grandes y en pingües pensiones. En este concepto, tiene bien merecida la execración de los patriotas. Sin embargo, el hecho es que iba de triunfo en triunfo, y un autor francés habla de él, al regresar de un viaje a Italia, como de un poeta que allá por el 1821, llevaba ya medio siglo de éxitos excelentes en todos los géneros. Otro autor dice de él que comenzó siendo el  abate Monti, fue después el ciudadano Monti  y murió siendo el caballero Monti. Todos siempre han estado conformes en que fue un maravilloso traductor de La Iliada, de Homero, sin ser helenista, por lo cual la maledicencia inventó la frase de que “fue el mejor traductor de los traductores de Homero”.  

Vincenzo Monti nació en Alfonsine, Emilia Romagna, el 19 de febrero de 1754 y falleció en Milán el 13 de octubre de 1828. Estudió en el seminario de Faenza y más tarde leyes en Ferrara, y, finalmente, se dedicó a la literatura. Perteneció desde 1775 a la academia de la Arcadia y sus primeras poesías, La visión de Ezequiel (1776), La belleza del universo (1881) y Odas al señor de Montgolfier (1784), escritas con depurado clasicismo, le dieron notoriedad en los cenáculos literarios. En 1778 marchó a Roma, siendo secretario del duque Braschi, sobrino de Pío VI, concediéndole el Papa una canonjía y el tratamiento de abate. Escribió contra los revolucionarios franceses (La basvillana, 1793), fue demócrata y poeta de la República Cisalpina y, a la caída de esta, cantor de Napoleón, lo que le valió el nombramiento de historiógrafo y profesor de elocuencia, volviendo a mudar de color político tras Waterloo. Máximo representante, junto con Ugo Foscolo, de la corriente neoclásica italiana, entre sus composiciones cabe destacar: Pensamiento de amor (1782), Versos libres al príncipe don Segismundo Chigi (1783), Prosopopeya de Pericles (1783), Mascheroniana  (1800), Místico homenaje (1815) e Invitación a Palas (1819). Estrenó con éxito varias piezas teatrales, como Aristodemo (1787), Galeoto Manfredi (1788), Cayo Graco (1802), Teseo (1804) y Los pitagóricos (1808), y tradujo La doncella de Orleans, de Schiller, y la Ilíada (1810), de Homero. Y como dijo el abate Monti: “Libertà, principio e fonte / del coraggio e dell’onor”.

 

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Se ama la libertad como se ama y se necesita el aire, el pan y el amor.

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Gracias.
                                                                       

Taine por Arias Solis Francisco

Publicado en Junio 7th, 2008 por franciscoarias

HYPPOLYTE TAINE
(1828-1893)

“Nada es más peligroso que un gran pensamiento
en un cerebro pequeño.”
Hippolyte Taine.

LA VOZ DE UNO DE LOS PENSADORES MÁS FECUNDOS

Taine es un crítico e historiador, cuyas ideas sobre el arte y la literatura alcanzaron gran influencia en Europa. La teoría central de Taine se aproxima a los postulados del determinismo positivista, dando una particular relevancia a la influencia del ambiente, la raza y el momento. Taine es un filósofo que busca por todas partes la causalidad, sin la que el mundo es ininteligible. Como la mayoría de los espíritus de su siglo, concibe esa causalidad puramente como cuantitativa, y tiende a reducirla al mecanicismo. Los aspectos de la Naturaleza, las obras de la literatura y del arte, los hechos históricos, las mismas costumbres son resultantes de la raza, del medio, del momento. De esta concepción dimanan los prejuicios de su crítica, frecuentemente sistemática, y por ende incompleta, y su aversión en el terreno histórico, a todo aquello que va contra la tradición, aversión que hace parciales y deficientes, a pesar de sus inmensas rebuscas y de los excelentes trozos que contienen, sus cuadros de la Revolución. Pero de todas maneras hizo dar un paso decisivo a la historia literaria, que incorporó, mejor que madame Staël y que Villemain, a la historia general; comprendió admirablemente la literatura inglesa y ciertas épocas de la pintura; es el maestro indiscutible de los mismos que le critican y o le perfeccionan. Este pensador de primer orden, sistemático pero sincero y pujante, tenía un alma fina y altiva, un profundo amor a la Naturaleza y a lo bello, y, sobre todo, estaba dotado de un genio único para exponer sus ideas. Taine ha sido durante largos años el maestro que ha enseñado a pensar a muchos espíritus, así en Francia como en el extranjero; es uno de los pensadores más fecundos y uno de los escritores más excelentes de las literaturas modernas.

Hippolyte Adolphe Taine nació en Vouziers, Ardenas, el 21 de abril de 1828 y falleció en París, el 5 de marzo de 1893. Tras estudiar en París, fue profesor de filosofía en Nevers y de retórica en Poitiers y Besançon, ciudad esta última donde había sido trasladado por represalia imperial, tarea que abandonó para establecerse en París, donde colaboró con La Revue des Deux Mondes y el Journal de Debats (1855). En 1864 fue nombrado profesor de estética de la Escuela de Bellas Artes. Vivió en Inglaterra algún tiempo y viajó por los Países Bajos e Italia. Destituido de su puesto de examinador de letras (historia y lengua alemana) en la escuela militar de Saint-Cyr tuvo que ser repuesto por la presión de la opinión pública. También tuvo problemas con el obispado de Orleans, que lo acusó de ateismo y puso trabas a su Historia de la literatura inglesa (1864). En 1878 fue elegido miembro de la Academia Francesa.

Sus primeros libros, Ensayo sobre Tito Livio (1856) y Ensayos de críticas e historia (1858), le acreditaron como crítico sólido y conflictivo. Sus ensayos más importantes –y polémicos- son: Los filósofos franceses del siglo XIX (1857), De la inteligencia (1870), en las que expone las ideas que constituyen la base teórica del naturalismo, Filosofía del arte (1865-1882) y Orígenes de la Francia contemporánea (1876-1893; 6 vols.). Publicó asimismo una serie de libros de observaciones acerca de los lugares que había conocido en sus viajes: Viaje a los Pirineos (1855), Viaje a Italia (1866), Notas sobre Inglaterra (1872); ensayos sobre creación literaria, La Fontaine y sus fábulas (1853-1861) y la novela Notas sobre París: Vida y opiniones de M. Federico Tomás Graindorge (1867).

Lo importante de la labor de Taine se halla en el intento de crear una crítica literaria basada en el rigor científico y en la sistematización de los métodos. Y como dijo el pensador francés: “No es con una idea que se levanta a los hombres, sino con un sentimiento”.

Francisco Arias Solis
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Siempre podemos hacer algo por la paz y la libertad.

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Gracias.

Papini por Francisco Arias Solis

Publicado en Junio 6th, 2008 por franciscoarias
GIOVANNI PAPINI 
(1881-1956)

 “Todo hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples quiebras.”

Giovanni Papini.

 
LA VOZ DE UN  ESCRITOR CONTROVERTIDO

 

Polémico escritor italiano, Papini es contradictorio en su vida y en su obra. En sus más de sesenta obras defiende unas veces el cosmopolitismo y otras el nacionalismo; en unas, el arte por el arte, y en otras, el arte como fenómeno social; en unas, la cultura libre y en otras, la ideología estatal. Todos eran temas en litigio en la Italia de entreguerras. En sus ideas religiosas, pasó del agnosticismo a un catolicismo rebelde e independiente. Por ejemplo, sus ideas sobre el mal, que desarrolla en su libro El diablo (1953), llegaron a causarle problemas con el Vaticano. Autor polémico, paradójico, intransigente y combativo, fundador de diversas revistas –Il Leonardo (1903),  con Giuseppe Prezzoline, La voce (1908), Anima (1911) y Lacerba (1913), esta última fundada con Ardengo Soffici- y agrupaciones de agitación cultural 

 

Giovanni Papini nació en Florencia el 9 de enero de 1881 y falleció en la misma ciudad el 8 de julio de 1956. Hijo de un modesto comerciante de muebles, tuvo una formación autodidacta, obtuvo el título de maestro y trabajó como bibliotecario en el Museso de Antropología de Florencia. En 1903 se convierte en redactor jefe del diario Regno. En 1921 se convierte al catolicismo. En 1935 obtuvo la cátedra de literatura italiana en la Universidad de Bolonia y en 1937 fue nombrado académico.

 En la época de La voce, Papini acogió el movimiento futurista con cierto entusiasmo. En Il mio futurismo, confiesa: “Me adherí al futurismo creyendo encontrarme con hombres verdaderamente nuevos y libres que se proponían una efectiva renovación del arte italiano, del espíritu italiano. Al cabo de un año advertí que había caído en una iglesia, academia o secta más pintoresca que las demás, donde se buscaba la fe antes que la libertad, el ruido antes que la creación, la obediencia a la ortodoxia más que la riqueza de la exploración”.  Giovanni Papini se expresó por medio de todos los géneros literarios, a excepción del teatro. Filosofía: Crepúsculo de los filósofos (1906). Autobiografía intelectual: Un hombre acabado (1912). Poesía: Opera prima (1917) y Pane e vino (1926). Prosa lírica: Cento pagine di poesía (1915). Prosa narrativa: Concerto fantastico, Vita de Michelangelo (1943), Sant’ Agostino (1929), Historia de Cristo (1921) y El juicio universal (1949). Obras cumbres y originalísimas, en torno a las que se han levantado inolvidables polémicas, son Gog (1931) y El diablo (1953). Escribió también una Historia de la literatura italiana. Y como dijo el polémico escritor italiano: “Temo a un solo enemigo que se llama, yo mismo”.  

Francisco Arias Solis
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El futuro se gana, ganando la libertad.

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La Rochefoucauld por Arias Solis Francisco

Publicado en Junio 4th, 2008 por franciscoarias
FRANÇOIS DE LA ROCHEFOUCAULD

(1613-1680) “Tres clases hay de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabey saber lo que no debiera saberse.”

La Rochefoucauld.

 
LA VOZ DEL MAESTRO DE LAS MÁXIMAS

 En el siglo de Luis XIV hay en Francia dos moralistas, que cuando menos de nombre conocen todos:  La Bruyère y La Rochefoucauld, este último debe su fama a ser el autor de Máximas, libro de espíritu acre, penetrante, obra en que se expone con dureza grandes verdades, mezcladas con rasgos de un escepticismo muy discutible y malsano. Pone constantemente al lector en guardia contra sí mismo y le hace dudar de si sus actos son virtudes o vicios disfrazados. Tendrá más o menos razón, algunas veces, en lo que dice, paro hay que estar, al leerle, en disposición de discutir con él y poder juzgarle con independencia. Así, su lectura enseña a ser prudente, desconfiado, cauto, lo que es siempre útil; y, sobre todo, lo dice tan bien que es uno de los buenos maestros en el manejo dela lengua francesa, por su precisión, elegancia y fuerza. No escribió más que dos libros: éste de Máximas y otro titulado Memorias, reflejo ambos de su especial carácter y de su época de constantes intrigas y disturbios.  François VI, duque de La Rochefoucauld, nació en París el 15 de septiembre de 1813 y falleció en la capital francesa el 17 de marzo de 1680. Ostentó el título de príncipe de Marillac hasta la muerte de su padre. Estudió  hasta los dieciséis años, edad con la que se alistó a la Armada. Durante un año estuvo casado con Andrée de Vivonne. Participó en la campaña de Italia e, igualmente, en las intrigas contra el cardenal Richelieu , sufriendo el destierro y  hasta el encarcelamiento en la Bastilla (1637). Intervino activamente en las guerras de La Fronda a favor de Condé, y tras su derrota decidió retirarse de la política  (1652). Asistía con asiduidad a los principales salones literarios de la época y mantuvo relaciones íntimas con damas de la nobleza, tales como,  la duquesa de Longueville, la duquesa de Chevreuse, y, especialmente, Marie-Magdeleine, condesa de La Fayette, que regentó uno de los principales salones de la época, frecuentado, entre otros, por Jean de La Fontaine, la marquesa de Sévigné y el duque de Rochefoucauld.  En 1662 publicó sus Memorias que se centraron fundamentalmente en los incidentes de La Fronda. No obstante, su celebridad literaria se debe casi exclusivamente a sus Reflexiones o sentencias y máximas morales, que fueron publicadas originalmente en 1664 y, tras sufrir diversas refundiciones, en 1678 fueron editadas de forma definitiva. Con un lenguaje excepcionalmente transparente y un estilo elegante salpicado de fina ironía, el libro recoge unas 500 máximas centradas en la observación de los comportamientos humanos. La Rochefoucauld está considerado uno de los maestros de este género. La moral pesimista del autor, que bajo la virtud y la abnegación descubre solamente el egoísmo y el amor propio, se expresa con una limpidez de trazo y con perfección perfectamente clásica. La Rochefoucauld es el iniciador en la literatura europea de esas colecciones de máximas o pensamientos que se esfuerzan en dar todo su relieve a las ideas sobre el hombre o la sociedad mediante una concisión brillante, ingeniosa antítesis, un sesgo espiritual y un tono epigramático. Y como dijo el moralista francés: “Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera”.  

Francisco Arias Solis
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La violencia siempre ha sido reaccionaria. 

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Pascual Pla y Beltrán por Arias Solis Francisco

Publicado en Junio 3rd, 2008 por franciscoarias
PASCUAL PLA Y BELTRÁN
(1908-1961)

 “Sabed, oid, sabed que en pura llamase cruza un pueblo erguido a golpe duro:¡la voz de España humedecida clamay en fuego y sangre se abre hacia el futuro!”

Pascual Pla y Beltrán.

  

LA VOZ AL SERVICIO DEL PROLETARIADO ESPAÑOL

 

Si bien en sus primeros libros La cruz de los crisantemos (1929)  y Huso de la eternidad, resuenan las corrientes neopopulares y deshumanizadas que soplaron en los años veinte, con la publicación de Narja (1932) se convierte, sin excesivas preocupaciones artísticas, en el primer poeta que, fiel a las consignas del Partido Comunista, puso su pluma y su voz al servicio del proletariado español.

 

Pascual José Pla y Beltrán nació en Ibi, Alicante, el 11 de noviembre de 1908  y falleció en Caracas, Venezuela, el 24 de febrero de 1961. Hijo de un jornalero y de una lavandera, tuvo una infancia difícil, en un hogar de muy escasos recursos económicos. Con sólo siete años fue pastor como Miguel Hernández. Al separarse sus padres, Pla y Beltrán, con sus tres hermanas, se quedan con la madre. Cuando tenía once años de edad, la familia se traslada a Alcoy, e intenta trabajar en varios oficios, entre otros, el de hilador mecánico que le ocasionaría daños a su salud. Se traslada a Valencia, donde procura pasar mucho tiempo en bibliotecas y en tertulias literarias y acude a una escuela nocturna. Escribe algunos poemas que envía a los diarios valencianos. Publica su primera obra,   La cruz de los crisantemos, con veintiún años. Funda la revista Murta, en 1931, en la que colaboraron, entre otros, Vicente Aleixandre, Pedro Garfias y Luis Cernuda. Ingresa en las Juventudes Comunistas, lo que le supone que sea encarcelado. A su salida de la prisión ingresa en el Partido Comunista y en la Unión de Escritores y Artistas Proletarios. En 1933 tienen lugar,  en la provincia de Cádiz,  los sucesos de  Casas Viejas, uno de los episodios más importantes y trágicos de la Segunda República Española, que simboliza  el martirio que sufrieron los jornaleros andaluces sin tierra y que  motivaron los versos que Pla y Beltrán  publicaría en la revista Octubre. También la frustrada revolución asturiana de 1934, que inspiró el Llanto de octubre de Emilio Prados, la obra teatral de Miguel Hernández Los hijos de la piedra y los poemas de La rosa blindada de Raúl González Tuñón aparece con frecuencia en la obra de Pla y Beltrán: “¿Era octubre, / o era el frío quien deshojaba rosas de nieve en nuestros hombres? / Oviedo era una voz lejana, / una queja, un vientre, un eco, / un lamento de niño de ojos de estopa y lengua de luna”…

 

Sus publicaciones posteriores a Narja, se sitúan en parecida línea Epopeya de sangre (1933), Hogueras en el sur (1935), Voz de la tierra (poema en rebelión) (1935), Camarada. Poema del amor y la angustia (1936),  Poesía revolucionaria (Antología 1932-1936) (1936) y, con el seudónimo de Pablo Herrera, Poesía (1947).

 

Durante la guerra civil colaboró en el Mono Azul, Ataque, Nueva Cultura y Hora de España. Viajó a Finlandia, Suecia, Dinamarca, Francia y la URRS. Impresionado por su viaje a Moscú, escribió  el poema “Salud, Moscú”, que fue publicado en la prestigiosa revista Hora de España. Participó en el II Congreso de Escritores convocado por la Alianza Internacional de Intelectuales Antifascistas, que reunió en Valencia, en julio de 1937, a José Bergamín, Corpus Barga,  Antonio Machado, Pablo Neruda, Fernando de los Ríos,  Ramón J. Sender, Vicente Huidobro, Carlos Pellicer,  Octavio Paz, Elena Garro, Nicolás Guillén, Iliá Ehrenburg,  Bertolt Brecht, Anna Seghers, Heinrich Mann, André Malraux, Louis Aragon, Alejo Carpentier, César Vallejo, Rafael Dieste, Rafael Alberti, John dos Passos, Julien Benda, Martín Andersen-Nexö, Stephen Spender, Tristán Tzara, Emilio Prados, María Teresa León, Arturo Serrano Plaja, Juan Gil-Albert, Herrera Petere, Lorenzo Varela, Miguel Hernández, Ramón Gaya, Juan Marinello, Ludwig Reen,  André Chamson, Jef Last, Malcolm Cowley, Feedor Kelyin, etc.

 

Encarcelado al final de la guerra hasta 1946,  le hicieron sufrir hasta un simulacro de fusilamiento. Rabiosamente perseguido después, tuvo que publicar sus libros con seudónimo. Al poco tiempo de salir de la cárcel muere su esposa Maruja Santacreu. En 1953 se casa con Concepción Zomeño. Dos años más tarde  consigue llegar a Santo Domingo y de allí pasar a Venezuela,  donde consiguió un trabajo en la Biblioteca Nacional de Caracas, ciudad en la que  vivió hasta su muerte.

 

Junto a Prados y Alberti hay que destacar –escribe Víctor Fuentes-, en este período, a otro poeta revolucionario, hoy prácticamente olvidado, Pla y Beltrán… De procedencia obrera, es nuestro auténtico representante de la poesía proletaria o bolchevique, según la definición de Vallejo”. Y como nos dijo el representante de la poesía del proletariado: “Íbamos adelante, / sintiendo en  nuestra piel el son oscuro, / la voz espesa de la muerte”.

 

Francisco Arias Solis
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  La libertad no la tienen los que no tienen su sed.                                                             

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